Archivos de la categoría ‘Japón’

Publicado por Tormento el 24 de diciembre de 2006

Viene de La novia triste

Procesión en TokioA la salida del Parque Yoyogi atravesamos Omote-Sando, la calle de las tiendas de lujo más trendy de Tokio. Damos un paseo en dirección a Shibuya. Nos encontramos las calles cortadas y puestos de comida por todas partes. Pensamos que es una fiesta y que venden la comida que exponen.

Nos acercamos a comprar y nos miran con horror dando un paso atrás mientras cruzan sus manos haciendo una equis. Sólo si se lleva tiempo en este país se comprende su actitud: los productos no están a la venta, pero no saben como decirnos que no nos los dan, sería una descortesía. Así que huyen haciendo el gesto (la equis con las dos manos, dos dedos o, en el peor de los casos, con los dos brazos) de la palabra impronunciable: NO.

Cuando nos cruzamos con varios porteadores en yukata de algodón azul y taparrabos blanco de luchador de sumo cargando con altares sintoístas, comprendemos que estamos en una fiesta de pueblo en pleno centro de una de las ciudades más modernas del mundo. La comida era para ellos, elaborada por sus “cofradías” al más puro estilo español de sacar al santo en procesión.

Publicado por Tormento el 19 de diciembre de 2006

Boda tradicional japonesa

Montada en el Shinkansen entre las estaciones de Odawara y Nagoya, a 45 minutos de Hakone, hice memoria de lo ocurrido en los días anteriores en Tokio. Era domingo por la mañana y estábamos en el Parque Yoyogi en busca de los jóvenes japoneses que, en un curioso ejercicio de rebeldía naïf, se reúnen por la mañana en sus puertas disfrazados de góticos personajes de manga. Se sientan en el puente de acceso como unos caganets, en esa postura de descanso japonesa no apta para rodillas occidentales y que ellos encuentran tan cómoda. Impresionan menos de lo que las guías prometen. El jardín rodea el Templo Meiji. Es frondoso, fresco y verde, contrastado con el rojo del Tori de entrada y el dorado de los tres crisantemos que lo coronan, símbolo de la casa imperial japonesa. 

Dentro del templo nos esperan las bodas tradicionales japonesas, como sacadas de Lost in traslation. Precede a los novios el oficiante sintoísta en naranja, con una especia de casulla tan rígida y blanca que parece papel de arroz. La novia es un personaje triste en este tipo de celebraciones. El peso de los kimonos ceremoniales la convierten en una rígida muñeca de cara alicatada por el maquillaje que se deja hacer y deshacer por las asistentes del Templo, que la atan y la desatan, la ciñen y la pliegan el Uchikake de boda para que, con un ritmo constante, silencioso y eficiente pasen por el mismo lugar a hacerse la misma foto que todas las novias mustias que la precedieron. Hay una curiosa falta de cariño en el modo en el que zarandean a estas novias, observadas siempre por alguna mujer mayor de la familia del esposo vestida con un KuroTomesode negro con una discreta decoración en su parte baja siguiendo la tradición. Transmiten una profunda resignación, la misma que se percibe en muchas actitudes japonesas, esa aceptación de que la armonía social pasa por obviar al individuo.
 
Las bodas se producen con rapidez, fluidez, protocolo y poca alegría. Aunque no es accesible al público, la ceremonia sintoísta consistirá en el intercambio de tazas de sake entre los esposos y poco más. Luego, las fotos de la novia tiesa y de la familia e invitados, mientras las mismas asistentes de mirada reseca guardan los bolsos y cámaras en unas mesas-cestas cubiertas por una red azul. La tradición no permite que salga en la foto ningún cachivache que altere el orden prefijado.

A la salida del Templo, la novia es esperada por un coche entre fúnebre y de dignatario de los años 70, en el que hay una trampilla sobre el techo de la puerta posterior para que pueda entrar sin destrozarse el peinado. El obi y los kimonos no le permiten flexionar la cintura, y se ve obligada a entrar como un bloque de hormigón. La trampilla es una reminiscencia de los palanquines de la época Edo, en la que, al parecer, las mujeres iban habitualmente así de incómodas. 

Publicado por Tormento el 12 de octubre de 2006

Kimonos, obis...Los criterios de búsqueda de la gente es un terreno digno de análisis. Cuando miro los de esta humilde bitácora me imagino a la gente de Google dándose al Tranxilium 50. Yo he optado por darme al té con pastas y por contestar alguna de las preguntas que nos hacen.

Excluida la de cómo hacerse un moño italiano -que requiere a un tercero agujereándote la cabeza con cientos de horquillas mientras te solidifican el pelo a golpe de laca- creo que puedo aportar algo en el terreno de “japonesas tiesas” y  “cómo atarse el obi de un kimono”.

Desde ya, os adelanto que colocarse sola el obi, a pesar de lo que enseñan algunas web, requiere de una habilidad de contorsionista y de unos nervios de francotirador. En Japón, llevar kimono a diario es cada vez menos habitual con lo que la habilidad para ponérselo está en desuso. Cuando toca vestir un kimono para una ceremonia o una fiesta, se suele ir a la peluquería donde prestan el servicio de colocación del obi. Además, las españolas tenemos un problema añadido: para que el kimono cierre bien y el obi quede perfecto hay que ser flaca y plana, o en su defecto, ser un tubo perfecto. El pecho y la cadera es estupendo para bailar lambada, pero un engorro para hacer de japonesa.

Si aún no he conseguido desanimaros y podéis vivir sin ser una perfeccionista cansina como yo, aquí van algunas instrucciones. Antes de llegar al obi, hay que ponerse el Nagajuban que se ata con el primer cinturón o Datejime. El Nagajuban es como una bata corta a la altura del tobillo que no se pliega en la cintura para hacer la forma de la chaqueta. A continuación, una se pone el kimono cuadrando los eri, elevando los bajos del kimono, cruzando el lado izquierdo, luego el derecho y atándolo por encima de la cadera. Se formará una chaquetilla que se ajustará con otro Datejime. No hay un solo tipo de kimono ni de obi. Para empezar, nos limitaremos a lo básico: la manga del kimono y el lazo del obi dependen del estado civil. Manga larga y obi largo, soltera; manga corta y obi en forma de rulo, casada o con edad para estarlo. Las mismas diferencias se aprecian en el kimono de una maiko y una geiko (geisha).Hay mucha información de cómo atar un obi con una lazada atrás, que os desaconsejo por poco tradicional y por la rigidez de los obis de calidad.  

Es difícil explicar con palabras la manera de atar un obi, por lo que lo mejor es seguir las instrucciones visuales para lo que es muy útil haberse entrenado con el montaje de mueble de Ikea. En todo caso, necesitaréis varias cintas de tela –karihimo- , el obi, un obiita para evitar que se resbale el obi, el obimakura para dar volumen al obi, el obiage para cubrirlo y, por último, el obijime para atarlo todo y que se sostenga. Y todo para convertirse en una japonesa tiesa.

Publicado por Tormento el 26 de septiembre de 2006

IkebanaSi no queréis que mi Sensei que todo lo ve, os corte todo lo que os cuelgue, no traduzcáis Ikebana por “arreglo floral japonés”. Esto, como el rock & roll, es un modo de vida. Es un camino de perfeccionamiento personal basado en el aguante de la disciplina japonesa que acompaña cualquier actividad en ese país: se aprende por mímesis y observación.

Un buen ikebanaka (aquél que practica el Ikebana; como del judo, judoka) no pregunta nunca, se sienta horas y horas frente a su centro tras la corrección de la Sensei, tratando de comprender por qué las ramas estaban mal colocadas y la flor demasiado baja. Cualquier intento de que se te dé una explicación, recibirá una mirada acerada cargada de japonés desprecio.

Sólo se recibe una explicación por cada estilo que se aprende: la inicial. Si eres lento o simplemente estás acostumbrado a la tradición oral, vas listo. La única opción viable si quieres ser japonesa y española al mismo tiempo es hacerte con una buena biblioteca en la materia. Así, te evitas hacer durante años centros que parezcan parabólicas y unas cuantas horas de sentada observación.

Me gustaría que pudieráis observar desde esta bitácora y en directo como es el choque de culturas en una clase de Ikebana. Algún día os contaré como se desarrolla la cosa. Es digno de verse.

Por cierto, en el Kado se entra en la escuela como una inclusera total: según te perfeccionas te vas ganando primero el nombre, y después el apellido, que evoluciona con los títulos que vas atesorando. Como los cinturones en el judo. Servidora es ayudante maestra, lo que me ha dado derecho a un nombre floral y un par de apellidos filosóficos. En concreto estos: Shoshisai (apellido) Ikkoh (nombre).

En la foto, un “Shinsoka” de Ikkoh, modelo veraniego.

Publicado por Tormento el 17 de septiembre de 2006

Lord EnshuComo buena parte de la generación del Cuéntame (yo soy de la “quinta” de la hija pequeña, ¡eh!) he pasado del antaño popular “con flores a María” al “camino de la flor” (Kado) o Ikebana, que queda más japo y moderno.

Moderno aquí, porque lo que es en Japón ya tiene unos siglitos. La escuela a la que pertenezco la fundó Lord Enshu hará unos 400 años (quinquenio arriba, siglo abajo) y concentra en sus cinco estilos mucho de la visión estética de los japoneses: la asimetría, el movimiento, la búsqueda de los espacios (que no de los huecos) y la imitación de la naturaleza. La melancolía, la perfección y la conciencia del paso del tiempo representado en la sucesión de estaciones se refleja en cada centro de ikebana.

Hay mucha literatura sobre el origen del Ikebana. La escuela Ikenobo, que tiene en el centro de Kyoto un edificio como el del BBVA, se autoproclama la fundadora de un arte que nació como ofrenda a Buda. Posteriormente se desarrolló como un arte masculino practicado por los samurais y las mujeres de sus familias.

Os iré contando como pasa una de las Hermanas de la Caridad al Japón milenario sin morir en el intento.

Publicado por Tormento el 6 de septiembre de 2006

JapónNos ha nacido un niño para el trono del crisantemo y nos han florecido los expertos en Japón que nos presentan este país como un territorio de marcianos machistas que creían en 1945 que su emperador era divino. ¡Menos mal que vino el General MacArthur a sacarles de su ignorancia!

Por muy tormentosa que me pueda poner, no voy a entrar a discutir ni nuestra Constitución, que al establecer una norma de herencia monárquica contraria a uno de los derechos fundamentales y troncales (el de igualdad) no tiene nada que envidiar a la japonesa, ni la propia pervivencia de la monarquía y de sus satélites, la nobleza. Hay que reconocer la utilidad de éstos últimos para rellenar Consejos de Administración.

Quiero, pues, romper una lanza tamaño Alatriste a favor de los japoneses y facilitar un referente bibliográfico a los comentaristas de todo pelo para que dejen los lugares comunes y nos formen cuando nos informen.

El culto al emperador – el chu- se coloca como cúspide de la cadena de deberes o de “on” sobre los que se sustenta la cultura japonesa en la época Meiji, con la finalidad de acabar con la dualidad del poder en Japón. Hasta la llegada del Comodoro Perry, Japón era gobernado por el Shogun establecido en Edo (la actual Tokio) mientras el emperador, un mero referente sin poder ni capacidad de decisión, tenía la corte en Kyoto. Para acabar con el shogunato y establecer el sistema de decisión bicameral (la Dieta) que exigían las potencias extranjeras, se reforzó la figura del Emperador como aquél frente al que ceden los demás deberes: hacía la familia, hacia la comunidad cercana, etc. A ello ayudo la existencia de una sola dinastía imperial que reforzaba el sentimiento de continuidad de la nación y, con ella, el exacerbado orgullo nacional de la época.

Los japoneses ni son religiosos ni son idiotas. No tienen una religión oficial y echaron a patadas a los jesuitas que intentaron, sin éxito, convertirlos a la verdadera fe. Han creído en el origen divino de sus gobernantes o del  poder tanto como los españoles, los franceses, los chinos o incluso menos. La existencia de la leyenda de Amaterasu no les impidió dejarse gobernar por los Tokugawa.

En 1944, los estadounidenses necesitaban saber cual iba a ser la reacción del pueblo japonés en caso de invasión y les encargaron a las antropólogas Ruth Benedict y Margaret Mead un estudio para que les ayudara a comprenderlos. Este estudio, finalmente publicado por la primera, se encuentra en la colección de Antropología de Alianza Editorial, bajo el título El crisantemo y la espada. Me voy a poner seria y, con el permiso del respetable, voy a por una cita de esa obra en apoyo de mis tesis:

“… Gran parte del adoctrinamiento japonés ha consistido en hacer del chu la virtud máxima. Al igual que los estadistas simplificaron la jerarquía poniendo al emperador en la cima, eliminando al Shogun y a los señores feudales, así en el ámbito de la moral se esforzaron en simplificar el sistema de obligaciones reuniendo todas las virtudes menores bajo la categoría del chu. Con estas medidas intentaron unificar el país bajo el culto al emperador y reducir el atomismo de la ética japonesa… La declaración mejor y más autorizada sobre este programa es el Rescripto Imperial a los Soldados y Marinos promulgado por el emperador Meiji en 1882.” (página 205)

Así, los japoneses se rindieron en la II Guerra Mundial de modo pacífico, sin sabotajes y sin revolución, no porque el emperador hubiera dejado de ser dios, sino porque había dado la orden de capitular. Citando de nuevo a Ruth: “Incluso en la derrota, la ley más alta seguía siendo el chu.” (página 134)

Está en rústica y es baratito. Ya no me tienen excusa.

Publicado por Chiqui el 17 de agosto de 2006

Tunning en Japón

Las bodas en Japón son, como en Occidente, todo un acontecimiento. Los trajes de novia son espectaculares y los tocados que llevan en la cabeza más impresionantes aún. Eso genera a la desposada un importante problema de movilidad. Alguien tiene que acompañarla, velando para que todo siga en su sitio constantemente.

Y para que no se le fastidie el peinado a la hora de montarse en el coche rumbo a la ceremonia o una vez acabadas las celebraciones… ¿qué se hace? Pues se «tunea» el coche y se le añade una pequeña portezuela superior para poder encajar toda la parafernalia que acompaña a la chica en la cabeza.

Una vez realizada la operación de subir o bajar del coche, se cierra la trampilla… y listo. Problema resuelto. Esta práctica que parece novedosa, no es más que una adaptación de los palanquines tradicionales japoneses.

De todas formas y cualquier día de éstos, nuestra experta en temas japónicos, Tormento nos hablará sobre las bodas en Japón, que merecen un comentario aparte.

Publicado por Tormento el 23 de julio de 2006

TokiotaTodos los extranjeros un poco observadores que viajen a Tokio se percatan de que las mujeres de allí andan raro.

Subidas a tacones estratosféricos, van echadas hacia delante, andan haciendo calceta, llevan el bolso colgado del codo, no mueven las caderas y van tiesas como un palo. ¿Os suena? Veo que habéis leído mi anterior post sobre la elegancia nipona. En efecto, andan como si llevaran un kimono pero vestidas por modistos occidentales. El problema es que queda fatal.

No todo iban a ser alabanzas para mis adorados japoneses.

Publicado por Tormento el 21 de julio de 2006

KimonoCuando una se enfrenta ya talludita al sarao de “contraerse” lo primero que se pregunta es por qué ha de firmar un disclaimer a la peluquera de pueblo para que la haga un moño italiano sin pasar por tres pruebas anteriores y por qué ha de someterse al humillante y carísimo momento de encajarse en un traje de novia mientras unas dependientas anoréxicas se tronchan por lo bajinis mientras te dicen que el modelo lorcero que te estás probando te queda ideal.

Reto a cualquiera a que me diga si alguna vez han visto con sus propios ojos una novia guapa. Pero de verdad. Pintadas como puertas, peinadas por Luis XIV y embutidas en trajes blanco roto (por lo de la virginidad perdida), pasamos de la discreta pero sosa a la  exuberante rebosante. Y lo peor, fotografiadas todas para la posteridad.

Así que como yo no iba a tener la suerte de escaparme del horror, por lo menos decidí que no me costara mucho. Pensé que si una sólo se viste de novia una vez (porque la segunda ya no te pillan) habría alguien que vendería su traje en eBay.

Y así me hice con un Uchikake de boda japonés en seda blanca (81 euros, gastos de envío incluidos desde Kanazawa-Japón) que hizo las veces de abrigo; un traje de novia del mismo color con escote palabra de honor en Lola’s Boutique, en Dallas, Texas (62 euros gastos de envío incluidos), y un set Hakoseko (47 euros gastos de envío incluidos desde Japón) que incluía el Obi y Obi-jime (faja y cordón que lo sujeta), una carterita, un abanico, y un puñal de esposa samurai con funda de seda que no llevé dentro del Obi para que a mi entonces futuro no le diera un pasmo. El ramo de flores lo hizo espontáneamente una amiga el día anterior paseando por las montañas asturianas.

Lo que de verdad vale, los amigos que estuvieron, no tiene precio.

Publicado por Tormento el 19 de julio de 2006

Memorias de una geishaEl soberano cabreo que se cogieron los japoneses con la película “Memorias de una Geisha” se entiende porque revela un desconocimiento sobre su cultura tan grande como el que late tras la escena de nuestra Semana Santa sevillana ambientada en Jalisco que aparece en Misión Imposible II. Para los que vieron la película es necesario aclarar que las japonesas no menean las caderas al andar, por muy geishas que sean, son físicamente distinguibles de las chinas o coreanas, y se espera de ellas que tengan un cutis blanco como el yeso y que sepan llevar el kimono con humildad y elegancia.

Lo que ocurre es que la elegancia en Japón es diferente de la occidental y viene impuesta por la propia rigidez de la prenda. Llevar un kimono apropiadamente no es sencillo: hay que andar con las puntas de los pies hacia dentro para que no se abra en absoluto, dar pasos pequeños, ir levemente inclinada hacia delante y soportar varias capas de tela encima.

Se lleva, al menos, un sayón, un kimono interior, un cuello especial, un kimono exterior, una banda de tela de una anchura de unos 25 centímetros a la cintura -obi- de montaje complicado que a su vez lleva encima un cordón, un pañuelo y una almohadilla que se usa para levantar el lazo posterior. Todo ello atado con cintas de tela y obis interiores, y montado cuidadosamente pues los kimonos no tienen ni botones ni cremalleras. Lo que parece una chaquetilla del kimono no es más que el propio kimono doblado y atado a la cintura.

Una maiko (la geisha joven antes del mizuage –comentario de Kento– en la bitácora Nipoblog) llevará varios kimonos uno encima del otro con una manga que cae casi hasta el suelo como el lazo de su obi. Entre los adornos del pelo, los kimonos y demás aditamentos una maiko puede llevar encima unos 20 kilos, algo menos de la mitad de su peso. Que me diga a mi Rob Marshall como se puede menear la cadera en esas circunstancias sin pegarse un morrón.

Yo lo he probado y aún me estoy recuperando.

 

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