En mi infancia de blanco y negro y música sacra de lutos oficiales está siempre presente el cine. No sólo «El coloso en llamas«, ya en color y con un Paul Newman en paños menores, sino el de Bergman o Buñuel que emitía RTVE. Es difícil creer a la vista de los tiempos que corren, que nadie se pudiese hacer una culturilla sentado delante de la tele, pero era así. Mientras la generación de 68 habla de las sesiones dobles de cine de barrio como momento iniciático de su pasión por el cine, los de mi quinta, los que rebobinábamos las cintas de casette con un boli bic (¡cojonudo ese anuncio!) nos hicimos nuestra maletita de cinéfilos Feber a base de los ciclos que montaba RTVE.
Así, he tenido la suerte de tragarme todo (o casi todo) de directores como Bergman, Berlanga o Wells, o de los actores de la época dorada de Hollywood, sin pensar, en vena, cuando la sesera está blanda y todo cuesta infinitamente menos. Recuerdo con pasión tardes de sábado sentada delante de la tele a base de nocilla y terror gótico de la Hammer. Sniff, creo que me estoy poniendo muy abuela cebolleta.
En fin, como uno no elige lo que le impacta ni cuando lo hace, hay tres películas que forman parte de mis experiencias religioso-cinematográfcas de la infancia y que, por ello, no he querido volver a ver: «El séptimo sello«, de Bergman, «La invasión de los ultracuerpos«y «El ángel exterminador» de Buñuel. En esta última un grupo de gente fina que se ha reunido a cenar se siente incapaz de salir de la habitación en la que están, sin razón, sin que nada se lo impida. Los días pasan, el ser humano que hay en ellos aflora y las formas se pierden.
Pues bien, «La niebla» tiene algo del Angel Exterminador pero en formato supermercado americano y terror al enemigo exterior, en este caso bichos grandes y repugnantes. Cuando uno se sienta a ver «La niebla» tiene la sensación de haber visto esto antes: Alien y demás animales del espacio exterior con sangre vitriólica y mala leche; pueblos americanos en los que no nos gustaría vivir que se quedan incomunicados mientras les atacan anacondas gigantes; iluminados religiosos pontificando en la zona de los congelados y decisiones a la desesperada.
Como decía muy atinadamente la crítica de El País, es una peli de Serie B con argumento de arte y ensayo. Mientras la ves piensas que hay una línea que conduce la película pero no acabas de identificarla hasta que sales de la sala y lees en el cartel «El miedo lo cambia todo». Así es: la peli muestra las decisiones que los seres humanos, los norteamercanos en este caso, son capaces de tomar por miedo irracional. Interesante el bucle final: los militares son la causantes y la salvación.
¡Qué mal asuntooo…!
1 de junio de 2008 a las 11:20
Después de haber leído prácticamente todas las novelas de Stephen King, y después también de haber visto varias películas basadas en sus novelas, sólo puedo decir una cosa, desde mi experiencia personal:
Leer el libro, por favor.
Y es que puedo decir, sin temor a equivocarme, que no he encontrado una película que exprima completamente el jugo a la novela de la que nace. La soberbia narración de King, el suspense que generan sus escritos, no son merecedores de las posteriores películas de serie B que osan llevar el mismo título.
Ya sé que sobre gustos no hay nada escrito, pero si algún visitante no está de acuerdo conmigo, por favor, que lea la novela y después opine de la película en cuestión.
Un saludo desde la niebla.
1 de junio de 2008 a las 16:39
Pues aunque me arriesgo llevarme un gorrazo, debo decir que yo no calificaría la película de «Serie B»; a mi me gustó e incluso la recomendaría. No es una película de miedo sino más bien un «tratado» sobre la psicología del miedo… aunque para ello abuse de recursos propios de «serie B» (sangre, bichos, pasajes del Apocalipsis…). El final es realmente impactante…
PD: Tormento, celebro que tras años de disputas reconozcas públicamente que tú generación y la mía (68), no son la misma… Lo valoro como un giro a la moderación que invita al optimismo… ;-D